Érase una vez una encantadora muchacha que vivía con su malvada madrastra y sus dos hermanastras. A la pobre muchacha le tocaba limpiar toda la casa, desde la bodega hasta el granero, día tras día y sin descanso. Por la noche, cuando se sentía triste, se sentaba frente a la chimenea y metía los pies en la ceniza para calentarse y por ello, todos la llamaban Cenicienta.
La noche que el Príncipe del Castillo ofreció un baile, la madrastra obligó a Cenicienta a quedarse en casa trabajando pues temía que su belleza eclipsara a sus dos hijas.
Pero afortunadamente, Cenicienta no estaba tan sola como ella creía, y de forma mágica, su Hada Madrina acudió en su ayuda para ofrecerle una de las mejores noches de su vida..





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