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-Niño, quita esa cara de muermo. Vaya orejas que tiene el
niño. Sonríe, picha, que estás en antena...
Y el niño no sonríe. Cuando se instala la paranoia en su cabeza y frena un autobús. Extiende la mano
desafiante y recoge su Oscar. El último payaso de la industria Hollywoodiense
tiene los ojos tristes. Planea como una gaviota confusa sobre la incertidumbre
de su certeza. Días después golpea las paredes de su entorno y llora. Y también
vemos salir volando del bolsillo de su pantalón la estatuilla dorada.
Su madre, la real, la catódica, su dueña, la fantástica
interpretación de Ed Harris, le mira con calor, y le atusa el pelo en la
pantalla desde su luna de mentirijillas.
Estamos ante un parto feliz con dolor y una partida que
parte en dos.
-Yo estaba mirándote cuando diste tu primer paso... vi
caerse tu primer diente...
Y adiós. No hay un sentimiento más grande, ni más dulce, que
la libertad moral, la dignidad del golpeable.
Y poco más, se ha acabado la película. Salgamos a la calle.
La calle real. El mundo. Otra vez. Ahora hay un nuevo habitante, coetáneo:
Truman está aquí con los humanos, animalito.
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